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Si el mundo se acabara hoy, ¿harías lo mismo que estás haciendo ahora?

Febrero 23: me doy cuenta de que Colombia es el segundo país que visito y algún amigo me recibe. De pronto descubrí que no hay mejor manera de conocer una ciudad que con un amigo que la habite, que te cuente lo bueno, lo malo, que te diga que mejor no disculparse con los taxistas de Nueva York porque ellos son terribles o que te enseña de frutas colombianas en el supermercado a las 10 de la noche.



Es febrero 24, 7:11 de la mañana hora de Bogotá y tomo el cuarto vuelo de mi año hasta ahora. Mi segundo vuelo en el ciclo de los 23 recién cumplidos. Sigo mi ritual: Sailor Song de fondo al iniciar el despegue, ese momento en el que el avión pone toda su potencia en dejar el suelo, desafiar la gravedad y mantenernos volando. 


Sailor Song es para mí algo así como la canción que representa la libertad que tengo, que soñaba tener.  Me repito a mí misma: nunca olvides que estoy que tienes hoy, ni es una garantía ni viene de nacimiento. Me insisto en nunca normalizar la vida que tengo, los lugares que descubro, las personas que conozco: no tomarlo por sentado. 


No sé si esto sea “romantizar” las cosas, pero yo en cada vuelo dejo caer unas lágrimas cuando despegamos.  Creo que es una metáfora porque puedo dejar el suelo, soñar, volar, vivir. 


Me gusta y busco la gratitud, creo en esta frase de Oprah que me dijo una maestra en la secundaria: agradece las pequeñas bendiciones cada día y la lista de agradecimientos crecerá. 


No agradezco esperando que lleguen más cosas buenas, solo agradezco estar viva, poder sentir, tener el privilegio que tengo. Agradezco porque dentro de mí siento una conexión con algo mas grande que yo misma, algo que se siente inmenso, imagino que es el infinito, el universo, sus estrellas. Dicen que estamos hechos de polvo de estrellas. 



Recién una amiga subió a sus historias de instagram que deberíamos ponernos metas que parezcan irreales para pensar en la forma de hacerlas alcanzables y trazar un plan hacia ellas. Creo que esto, viajar, vivir viajando, no tener que trabajar en una oficina, hace un tiempo era una de mis metas irreales e inalcanzables. 


Antes escuchaba a personas hablar de sus viajes y sentía disgusto. No me gustaba escuchar, sentía que era algo que jamás podría alcanzar, que jamás podría hacer. Fui a España, recién volví de Nueva York, te traje un imán de Italia… Ahora lo veo desde otro lugar: cuéntame todo sobre los lugares que has conocido, inspírame a conocerlos, llévame con tus recuerdos. 


Este último año o dos he aprendido algo esencial: cada que algo te incomode, cuestiona qué hay dentro de ti que te hace recibirlo con energía que evita, que disgusta, que molesta. Usualmente hay algo dentro de nosotros que se rehúsa a recibir, una experiencia que quizá nos lastimó y hace que huyamos. 


En cuanto a los viajes, descubrí que me incomodaba precisamente por eso: porque no lo tenía, porque para mí era irrreal, una imposibilidad de esas que Alicia nombra antes de vencer al Yabberwoky. Desde que lo hice algo realizable, cambié mi perspectiva.



En cuanto al trabajo, me pasaba que me comparaba con amigos que estaban trabajando 24/7, me incomodaba saber de sus proyectos, saber que no paraban. Eventualmente lo enfrenté, me cuestioné y lo entendí: tenía arraigada una creencia que viene de mi familia. 


Hay que trabajar mucho, esforzarse mucho, hacer dinero, trabajar mucho, esforzarse mucho, dejarse la vida en el trabajo. Cuando me di cuenta de que en realidad tenía ya la vida que quería, una vida de libertad, solté la comparativa con los demás, porque yo tenía lo que quería, no lo que por herencia se me enseñó a querer.


Recién en una cena con mi familia sacamos nuestra numerología con Chat GPT y fue una locura total. El chat decía que, por los números, mi rol en la familia es romper patrones, mostrar  nuevos caminos desde la libertad y la elección de una misma, poder estar bien contigo para estar bien con los demás, elegirse como muestra de amor. 


Si bien elegirme a mí primero inició hace tiempo, fue hace justo un año que me mudé a la ciudad de mis sueños aunque dejase atrás a mi familia. Recuerdo aún que mi abuela me llamó egoísta cuando le conté que había decidido irme a Ciudad de México. Entendí que mi abuela, nacida en 59, había crecido con la creencia de “la familia es primero” y eso, para ella, representaba hacerse a un lado, abandonarse un poco y entregarse a los demás. 


A los dos días me llamó para decirme que entendía mi decisión, pero que buscara una zona segura, en medida de lo posible. 


Cuando empecé a viajar un poco más, mi familia moría de miedo, tenían pavor de que me pasase algo, que era peligroso. Ahora confían: abrazar los cambios sucede con tiempo, paciencia y amor, cuidando desde la libertad.



Mi abuela constantemente está recordándome lo peligroso que es estar vivos: podrían asaltarme, podría caer el avión, podría estar en un fuego cruzado. 


A mí me gusta recordarle que el peligro es aún más sencillo que eso: cruzar la calle y que algún despistado me atropelle, alguien que pierda el control manejando y acabe en pérdida total… 


La muerte, el peligro, el cese a la vida, a la respiración, está siempre ahí. Por eso mismo es que uno no debe paralizarse ante él: porque siempre está y la vida se va, el tiempo nunca se detiene, no tenemos certeza de nada más que del ahora. 


Bien dicen, cualquier declaración de amor es urgente… Ya en pandemia me cuestionaba con esta frase: si el mundo se acabara hoy, si yo fuese a morir mañana, ¿haría lo mismo que estoy haciendo o cambiaría algo?


Pasa que la vida no es infinita como para usar nuestro tiempo en aquellas cosas inútiles que nos hacen infelices. Recién me dijo alguien “la vida es eso que pasa mientras esperas”.


Tanta frase, tanta poética y todo con el único objetivo de convencernos de algo: mientras uno esté vivo, uno debe amar lo más que pueda.


La vida va a terminar, es un hecho que vamos a morir. La magia de los inicios es que también existen los finales:  saber que algo va a terminar, de alguna manera, hace que lo disfrutemos con plenitud. Un viaje, una relación, la vida misma.


Escribo esto porque espero y ojalá sea lo que alguien necesita leer para atreverse a vivir de la forma que anhela, a creer que es posible. 


Escribo esto porque recuerdo perfectamente a las personas que me inspiraron en mi proceso: irme, creer en mí, hacer realidad los imposibles. Espero ser esa persona para quien lo necesite. 



 
 
 

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