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Viajar sola también es un acto de amor (y de valentía)

Pareciera que el mundo está hecho para vivirse en pares y no sé si molestarme, entristecerme o sentirme revolucionaria por vivirlo sola.


No hay viaje en el que no me pregunten si vengo sola. Hasta ahora, no hay viaje en el que responda que voy con alguien.


Para mí un viaje es sagrado, es un ritual, es una conexión intensa con mis pensamientos más profundos. Reflexiono demasiado, me cuestiono todo, observo con calma.



En este viaje me he sentido intensamente libre y no lo voy a negar, un poco sola. Es increíble la multiplicidad de emociones y sentires: sentir tristeza no evita la felicidad, la solitud no niega el apapacho.


Me he sentido abrazada por tantas personas que ahora que fue mi cumpleaños, me sorprendí de recibir más mensajes que nunca en mi vida entera. Personas que me dijeron cómo les inspiré en su vida, amigos que me consienten con mis cosas favoritas, amigas que me envían cartas…


Al mismo tiempo, me cuestioné algo que llevaba mucho tiempo evitando: ¿es verdad que viajo sola por gusto y decisión o porque no he encontrado con quien viajar y compartirlo?


Ya saben, estas cosas del romanticismo, las parejas, las situationships, los vínculos… Todo este viaje me he cuestionado esto mismo y creo que encontré la respuesta, aunque aún no estoy lista para compartirla.


Desde enero llevo desentrañando mi forma de relacionarme y mis miedos para hacerlo. Me propuse ser un poco más abierta, decir un poco más lo que siento, dejar de pensar que es ridículo y absurdo hacer la más mínima señal de cariño y vulnerabilidad.


Ayer leí que nuestro cerebro ridiculiza comportamientos nuevos que nos aterran. En mi caso, por ejemplo, ridiculizo la mínima idea de volver a escribir una carta, de volver a regalar flores, de volver a decirle a alguien cuánto me importa y en verdad sentirlo.




Dicen que viajar es eso, volver siendo otra persona. No es que vayas a ir a Bogotá y de repente hay una clase donde aprendes algo de la vida. Más bien, sales de la rutina, piensas distinto y en mi caso, la distancia me permite abrir reflexión sobre quién soy.


De fondo y mientras escribo, suena How Far We’ve Come de Matchbox Twenty, una canción que me recuerda a mi mamá. Pensar en ella me recuerda lo que vi ayer. Te cuento.


Para llegar al Valle de Cocora uno debe tomar un Willy (una jeep) que toma unos 30-40 minutos y es colectiva. Hay asientos para cerca de 10 personas y 3 más van colgadas en la parte de afuera, de pie, sosteniéndose de los fierros de la camioneta.


Yo pido ser una de esas 3 personas que van colgadas sin mayor seguro que sus propias manos y pies. Una chica de entre 16 y 19 años (según mis cálculos, a veces errados) le dice a quien supongo era su mamá: «yo quería ir parada». Ella responde «no, yo ya te dije que no, es peligroso» La chica, claro, se desilusiona y cuestiona, «¿pero por qué? «¿por qué yo no puedo y él sí?». Silencio.



Pensé en todas las veces que mi mamá me ha empujado a hacer cosas, aunque sea peligroso. Mi mamá rara vez me ha dicho «no lo hagas, es peligroso». Ella me dice «hazlo, solo ten cuidado y mira las consecuencias».


Pensé en mi abuela, que es todo lo opuesto a mi mamá y lo más parecido a la señora del Willy: «no lo hagas, es peligroso, te puede pasar algo».


Pienso en que gracias a mi mamá y su confianza en mí, me creo capaz de hacer cosas, de vivir, de atreverme.


Me acuerdo, milagrosamente, de quien en la infancia me empujaba a subirme a los juegos de Six Flags aunque yo tuviera miedo. Y lo hacía.


Luego recuerdo a todas las personas que han tenido ese papel en mi vida: las que me animan a subirme al juego más peligroso y extremo de Six Flags just for the fun of it (claro, a veces el juego es una montaña rusa, a veces es ir a otro país, atreverte a confiar).


Regresando a la chica del Willy, sentí pena, pero también esperanza. Confío en que cuando ella pueda elegir, será libre. Los que íbamos colgados en el camino de regreso… creo que estamos igual de locos: queremos el viento en el rostro, volver con manchas como huellas de batalla, saber que podríamos caer e incluso morir, pero que el intento vale la pena.


Creo que, como habrás leído en este texto y el anterior, este momento de mi vida se define por el recuerdo constante de que estar vivos es un evento único y efímero.


Cerrando esto, ¿tú viajas solx o con compañía? ¿irías sentado en el willy o colgando? ¿qué te hace sentir vivo? ¿a ti te empujan a subir a la montaña rusa o más bien te previenen de hacerlo?


Abrazos desde Pereira.

 
 
 

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1 comentario


Me encantó el texto que escribiste. 


Soy fiel creyente de que los viajes te expanden, y son una gran graaan inversión emocional. 


Me gusta viajar sola y acompañada, las dos cosas tienen su encanto.

He de reconocer que cuando viajo sola lo disfruto profundamente. 


¿Qué me hace sentir viva? Mis pasiones. Una de ellas es ser nadadora de aguas abiertas. Entrar al mar, ajustarme la boya, mirar la fauna bajo el agua, enfocarme en mis brazadas, cruzar de un punto a otro con mis brazos y mis piernas, tocar la meta… y que me pongan la medalla. Puff. Es indescriptible.


Así que si me preguntas si me empujan a subir a la montaña rusa o si me advierten que no…

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